Crónica
Cuatro días en High Point
Dos veces al año, un pueblo de Carolina del Norte se convierte en el centro del mundo del diseño. Estas son las notas de un recorrido que siempre termina cambiando la lista con la que uno llegó.
High Point Market ocupa showrooms repartidos por toda la ciudad y, durante unos días, recibe a diseñadores, editores y fabricantes de todas partes. Es el market de mobiliario más grande del mundo, y es imposible recorrerlo entero.
Voy porque hay cosas que no se pueden decidir desde una pantalla. Una tela hay que tocarla. Un acabado hay que verlo bajo distintas luces. Una silla hay que sentarse en ella. Después de más de veinticinco años en esto, sigo confiando más en la mano que en el catálogo.
Los días empiezan temprano y no alcanzan
Se camina muchísimo. Se entra a un showroom pensando en una mesa de centro y se sale con tres ideas para un proyecto que no tenía nada que ver. Ese desvío es, en realidad, lo más valioso del viaje.
Lo que más disfruto no son los lanzamientos, sino las conversaciones. Sentarse con quien fabrica una pieza y entender por qué eligió ese herraje, esa costura, esa madera. Ahí es donde uno aprende de verdad.
La biblioteca de materiales
Si tuviera que elegir un solo lugar del market, sería este. Paredes enteras de muestras: maderas, fibras naturales, tejidos, piedras, acabados metálicos. Uno pasa la mano por cada una y va descartando sin pensarlo demasiado — el cuerpo decide antes que la cabeza.
Un material se elige con la mano antes que con el ojo. Si no invita a tocarlo, no va a funcionar en una casa.
Este año fue muy claro hacia dónde va todo: fibras naturales, texturas trabajadas, maderas de veta visible y acabados que no buscan parecer perfectos. Menos brillo, más carácter. Una dirección que celebro, porque coincide con lo que llevo años defendiendo: los espacios que envejecen bien son los que se construyen con materiales honestos.
Lo que traigo de vuelta
La paleta que dominó los showrooms fue cálida y contenida: arenas, camel, cacao, cremas, con el negro apareciendo solo como acento estructural. Las siluetas siguieron curvas y generosas, pero más contenidas que en años anteriores — menos escultura por la escultura misma, más piezas pensadas para usarse todos los días.
Y algo que me llamó la atención: la iluminación y los objetos decorativos se volvieron mucho más escultóricos. Piezas que funcionan casi como arte, pero sin gritar.
Vuelvo a Guayaquil con una maleta llena de muestras, muchas fotos y una libreta que no se entiende. Pero sobre todo vuelvo con criterio actualizado: sabiendo qué se está haciendo bien afuera, qué vale la pena traer y qué es simplemente ruido de temporada.
Eso es lo que termina llegando a los proyectos de mis clientes. No la tendencia por la tendencia, sino la decisión informada.
Compartí el recorrido completo en video durante el market. Ver el reel en Instagram →
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